La crucifixión de Javier Calvo

17 de septiembre de 2006
Nombre: La crucifixión de Javier Calvo
Autor: Lautreamont
Sección: Escupiendo al viento
Fecha: domingo, 17 de septiembre de 2006
Comentarios: 58 comentarios

No he podido resistirme a dejar constancia del horror que me ha provocado ver la reacción generalizada ante la polémica suscitada por la columna escrita por Javier Calvo en el Diario Digital ADN con el nombre de «Repartiendo canarios». En dicho artí­culo, el columnista trataba el asunto de la inmigración ilegal de las Islas Canarias de la siguiente manera:

«Mi mujer y yo estamos cada vez más preocupados con los miles de africanos que llegan cada dí­a a las Canarias. Al ver cómo la vicepresidenta del Gobierno le pedí­a ayuda desesperada a la presidencia de turno de la Unión Europea, sentimos una extraña disociación mental en forma de comprensión total por ambas partes. Por un lado, si yo viviera en Helsinki, me la sudarí­a lo que pasa en las Canarias. Por otro lado, lo de los cayucos es lo más parecido al Apocalipsis que he visto fuera de un cine. ¿A quién apoyar? Al final, usando un mapa y una regla, vimos que estamos más cerca de Tenerife que de Finlandia. Así­ que nos hemos concienciado y ahora también buscamos soluciones.

Al principio pensamos en poblar las costas Canarias de tiburones. Eso funcionarí­a como factor disuasorio, pero es cuestión de tiempo que los tiburones se comieran a algún niño canario.

Construir una verja en el mar que rodeara las islas también parece buena idea, pero enseguida tuve una visión de los africanos trepando por la verja y tirando el cayuco por encima. Al final, como siempre, la solución es tan fácil que nadie la ve: hay que renunciar a la soberaní­a de las Canarias.

Que se las queden. Problema solucionado. Así­, en vez de repartirnos inmigrantes por la pení­nsula, nos repartimos a los canarios. Que vean que los godos somos buena gente. Yo mismo me ofrezco para alojar a un canario en casa. A condición de que planche y sepa cocinar.» – Javier Calvo

En primer lugar, diré que el artí­culo no me ha gustado nada porque creo que, en su intento por criticar la situación por medio de la ironí­a, su texto carece de la gracia necesaria para no caer en el mal gusto.

Una vez dicho esto, quiero decir que de ahí­ a que el artí­culo sea racista hay algo más de distancia que de mi casa a la Luna. Y aunque es evidente que el artí­culo tiene muchas frases que se pueden sacar facilmente de contexto o interpretar de manera literal, hacer de él una apologí­a al racismo no soporta el más mí­nimo análisis razonable. Porque, seamos serios, el tono es, desde un principio, claramente irónico, joder. No seamos así­ de malos. No le crucifiquemos por no tener la gracia de Forges o por no ser polí­ticamente correcto. Ha querido hacer un chiste y le ha salido mal. Eso es todo. Y quien este seguro de que eso no le ha pasado alguna vez y de que nunca le va a pasar, que tire la primera piedra.

Aunque, claro, para piedra la que ha tirado la publicación borrando el artí­culo de su página. Lo que, en mi humilde opinión, dice todaví­a menos de su polí­tica editorial que la misma publicación de tan desafortunado texto. Me da a mi que alguno de mi pueblo podrí­a pensar que esto es pura censura. Pero no nos perdamos lo mejor, el director de la publicación dice que abordar el tema con actitud irónica es intoxicar. ALUCINANTE. Cualquier dí­a hago ovni-stop y me piro a otro planeta.

Pero bueno, dejemos el tema de la publicación y volvamos a la actitud de los que no viven de esto. Y es que parece que es más importante dar bombo al desliz de un humilde columnista que al verdadero problema en sí­. Seguramente a los que se juegan la vida encima de un cayuco también les parezca más intolerable este error que el hecho de que permitamos que se jueguen la vida en busca de una tierra prometida que les salve de la más absoluta de las pobrezas.

Así­ que por favor, señores, no nos comportemos como los polí­ticos. Que nosotros no ganamos nada por aprovechar el error de una persona para crucificarla públicamente. ¿Qué no se ha disculpado? ¿Sabemos siquiera si ha tenido la oportunidad de hacerlo? Es más, ¿no es posible que se haya dado cuenta del error y haya decidido desaparecer un tiempo ante las numerosas, y algunas amenazadoras, reacciones a su columna? Por mi parte, sigue gozando de la constitucional presunción de inocencia.

Fuentes: innumerables

Ave foro, morituri te saluta

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